
A mis 36 años, volví a ser un bebé.
En aquel momento no lo sabía, pero ser un bebé a esa edad acabaría marcando la forma en que hoy acompaño a personas que se plantean un cambio profesional.
El 8 de febrero de 2020, aterricé en Irlanda sin entender prácticamente nada.
Ni el idioma.
Ni cómo funcionaban las cosas.
Ni por dónde empezar.
Llegué con una mochila, una maleta y una cama alquilada en un hostel, en una habitación compartida con otras once personas.
Los ronquidos nocturnos y el olor a pies estaban incluidos en el precio.
El desayuno también.
La primera semana me la tomé para observar.
Aprender palabras nuevas.
Dar mis primeros pasos.
A partir del octavo o noveno día, empecé a buscar trabajo.
Imprimí unos cuarenta y pico currículums.
Los entregué en pubs, en residencias de ancianos, en el hospital, en supermercados…
Pero nada.
Se hizo el silencio.
No recibía ni una sola llamada.
Los ahorros bajaban.
El agobio crecía.
Y, de repente, llegó la crisis sanitaria mundial.
La incertidumbre se hacía insoportable.
Casi todas las empresas cerraron.
La mayoría de mis currículums cayeron en saco roto.
No sabía a dónde acudir…
Entonces, fui a uno de los pocos supermercados de la ciudad donde todavía se podía hablar directamente con el jefe.
Era la segunda vez que iba.
Ya le había dejado el currículum días atrás.
No entendía casi nada de lo que me decía.
Pero, al parecer, no me cerraba las puertas.
Aun así, los días pasaban y el teléfono seguía en silencio.
Fui una tercera vez.
Una cuarta.
Y a la quinta, al verme de nuevo, suspiró levemente.
Estuvimos hablando unos minutos y, con el inglés justo para balbucear cuatro palabras mal contadas, le dije algo así:
«En un trozo de papel (el del currículum) no me vas a conocer.
Me gustaría hacer una prueba de unos días, sin dinero, sin cobrar.
Sólo quiero que veas que, a pesar de mis limitaciones con el idioma, puedo hacer un buen trabajo».
Volvió a suspirar, miró el reloj y dio una respuesta que, esta vez, milagrosamente, sí entendí a la primera:
«Would you like to work with me?»
(¿Te gustaría trabajar conmigo?)
Le pedí que me lo repitiera porque no me lo creía…
Nunca supe por qué confió en mí.

El caso es que, de golpe, casi sin esperarlo, tenía trabajo.
Y todavía era un bebé.
Un bebé grande, de 36 años, pero un bebé al fin y al cabo.
Al principio, cuando los compañeros y los clientes me hablaban, me parecía escuchar otro idioma que no era inglés.
Sentía algo extraño y desconcertante, pero me trataron con respeto, con cariño y con mucha paciencia. Mucha, mucha… demasiada.
Con ellos me convertí, poco a poco, en un adulto.
Observando.
Escuchando.
Imitando.
Por fin, pudimos hablar.
Conocernos mejor.
Recordar momentos divertidos.
Y empezamos a trabajar sin que tuvieran que explicarme todo con gestos y señales.
Siendo un bebé de 36 años, entendí algo que me acompañará siempre:
A veces no se trata de buscar, sino de encontrarse.
Hay personas con las que te cruzas casi por casualidad
y acaban marcando un antes y un después en tu vida.
Y las recuerdas siempre,
el resto de tus días.
No puedo prometerte que en esta página vayas a encontrar lo que buscas,
pero quizá merezca la pena comprobarlo.
Aquí puedes observar, aprender, dar tus primeros pasos.
Volver a ser un bebé.
En tu Espacio para pensar.
Y empezar de cero.
